Naciendo en el Silencio Sonoro

“El sonido es una ausencia presente, el silencio es un presente ausente. O tal vez sea mejor su reverso: ¿es el sonido una presencia ausente, es el silencio una ausencia presente? … Quien escucha es alguien que percibe y se conecta con aquello que subyace a las formas del mundo.”

David Toop

Por más de diez años me ha perseguido la pregunta por el sonido, e igualmente me ha atravesado la cuestión, o mejor, la necesidad, del silencio. A veces parecen la misma pregunta, otras veces lucen tan diferentes. Tanto el sonido como el silencio son símbolos inagotables, fuentes supremas de sabiduría, formas perennes de una cuestión tan cósmica como tan personal, capaz de recorrer el ser y su desvanecimiento, capaz de integrarlo todo cuanto existe.

La sonoridad no es nada sin el silencio que desde ella parece negarse. Igualmente el silencio no sería nada sin algo que se silencie. Con el tiempo, la cuestión se fue tornando más en un movimiento bidireccional entre sonoridad y silenciamiento, cuyo flujo condujo a su más fina dimensión: la de la escucha, que es silencio y también sonido, quietud en el movimiento, ruta expedita al espíritu y puerta de los saberes y los universos.

La escucha nos permitió renacer en este espacio sin pretensiones, previo a todo verbo y atento al sonido primordial que inaudible nace para luego colarse en los confines de la cóclea. Es en este estado primigenio donde las definiciones son secundarias y la experiencia directa es lo fundamental: escuchar como una manera de atender conscientemente al flujo incesante de todo aquello, que para aparecer, debe aceptar primero su desvanecimiento, yéndose desde que llega, mudo al sonar.

Escuchar nos enseña que nada de lo que existe, permanece, porque todos los cuerpos son sonidos que emergen y se van en el lienzo incógnito del silencio. La escucha, madre de las palabras y los objetos, portal de todas las manifestaciones, nos enseña que todo lo que suena, solo es un rastro fugaz en el inevitable silencio de las cosas mismas, y que a la final da igual si es un sonido o es un silencio, porque ambos se funden en su misma vacuidad.

Más que la pregunta por el silencio o el sonido, que en gran medida responde a una necesidad categórica del “qué es” algo, la curiosidad se las arregla para abrirse a algo más profundo. Así la pregunta entonces se deja abierta, no a la espera de una respuesta, sino más bien a la búsqueda de un encuentro, un diálogo, la mutua fecundación de las polaridades, su devenir no-dual: el sonido del silencio y viceversa, el silencio sonoro.

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